A María Olaya, la abuela
En el corazón del jardín yace un
recuerdo. (Remembranza)
Luis Fco. Pérez Espinosa
Más allá por entre los árboles se veía
venir los rayos del sol con todo su esplendor. Más acá estaba el cercado de la
huerta y cerca de la casa el amplio jardín que la bordeaba. En las mañanas
sobre todo para la época de diciembre y enero la neblina se dejaba venir con su
ropaje de blanco. A medida que el sol iba calentando las gotas cristalinas
comenzaban a deslizarse por el follaje. La mañana se despertaba con todo su trinar
inconfundible de pájaros, el pico gordo, el azulejo, el toche, el sangretoro,
loros, cotorras, pericos, guacamayo volaban por todo el campo buscando que comer
en el maizal, el arrozal y los frutales tales como la guayaba, el mango
exhalaba sus olores que provocaban saborear en el paladar. Las abejas
ronroneando sobre las flores extraían de ellas el jugoso néctar. Un enjambre,
de grillos, de mariposas de todas las clases y tonalidades revoloteaba sobre el
florido jardín. Entre esas mariposas estaba la del Monarca con su cuerpo negro
y sus alas color naranja y con unas rayas que llegaban hasta el borde que
circundaba toda la mariposa de color negro también con una serie de punticos
blancos. Mi abuela diferenciaba los machos de las hembras porque según ella
tenían las alas más oscuras y porque las rayas negras son más gruesas. Los machos,
decía que eran más grandes, con rayas
más delgadas, además tenían unos puntos negros en sus alas traseras. Bordeando
la casa el amplio jardín sembrado de
amapolas, rosas, margaritas, heliotropos, helechos, lirio, orquídeas,
hortensia, lila, magnolia y las heliconias. En el amplio corredor estaban las materas. Por entre el jardín tres caminos cubiertos
por una serie de losas de piedra que
llevaban a todas partes de la casa. En ese lugar lleno de recuerdos y nostalgias,
de aroma, murmullos, ronroneo y trinos de pájaros que en las mañanas eran una
sinfonía plagada de contrapuntística yace ya, hace mucho tiempo la mano
laboriosa que cuidó ese edén.
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